El mes pasado alertábamos sobre cierto tipo de peligros que nos podíamos encontrar en algún tipo de subastas. Este mes, aprovechando un curioso suceso, comentaremos un riesgo relacionado con las subastas, y decimos riesgo porque es una consecuencia de algunos excesos de confianza.
Un caso bastante común, tal y como comentamos el mes pasado, es la situación de que uno adquiriese material y lo revendiese con alevosía e intención. Puede ser repochable o no, depende del grado de bien comunitario que haga el subastador, cosa en la que ni aquí ni ahora entraremos a debatir. Pero no podemos dejar de diferenciar a un tipo de subastadores que entran en una dinámica demasiado descarada, la de adquirir artículos en subastas para ser luego subastados de nuevo a precios superiores, especulación pura y dura.
Sin tener que dar explicaciones, uno puede adquirir un producto a través de una subasta, y por los motivos personales que sean, resubastarlo de nuevo porque el material ya no le es necesario o ha resultado que no le interesa. Lo normal es ofrecer este material al precio que a uno le ha costado, incluso es aceptable que incluya al montante los gastos de envío que desembolsó en su momento. En estos casos la intención no es obtener beneficio, simplemente se trata de obtener un deficit neutro, recuperar inversiones.
Pero en las subastas podemos encontrar, y de hecho nos encontramos, con situaciones que traicionan nuestra confianza con los demás. Para no herir sensibilidades y evitar conflictos con terceras personas, el ejemplo que utilizamos aquí tiene relación directa con Matra, por lo que podemos hablar con total libertad.
Tenemos que cuando existe una convivencia de buenas relaciones entre personajes con intereses afines, solemos intercambiar o regalar material entre nosotros. El trueque es una situación bastante común y extendida, así que si A le intercambia o regala una máquina determinada a B, y éste a su vez regala o intercambia esa máquina con C entramos en un mercado lícito de traspaso de material en el que el sentido ecónomico no se trata en ningún momento. Serían tratos limpios sin ánimo de lucro ni beneficio monetario. El riesgo que tratamos ahora versa precisamente en ésto, en el quebrado de este tipo de reglas éticas, agravado seguramente por la coyuntura de cuando no se ha procedido a un intercambio, sino a la entrega de regalos u obsequios.
El acto de ofrecer obsequios responde a una sana disciplina en respuesta a favores o simpatías compartidas. De la misma forma que es costumbre que el invitado acuda a una cena con los postres o con una botella de vino, también es corriente el ofrecer presentes en momentos en lo que uno quiera expresar su gratitud. Este tipo de gratutitud demostrada en forma de detalles, en Matra suele ser a través de producciones propias, y con más razón si nuestro agraciado se corresponde al sistema que con ellos tratamos, por eso la siguiente comunicación tiene, por fin, reflejo en lo que tratamos en este artículo:
Este caso concreto nos los tomamos con simpatía pero la situación no resulta tan graciosa. Las buenas intenciones de cualquiera pueden verse en una esperpéntica situación si después los obsequios son vendidos, ya que ponen precio a nuestra confianza y pueden malversarla para convertirla en lucro y objeto de negocio.